¿Dónde en el mundo están las ideas? Desde sus orígenes históricos, la reflexión filosófica se ha preguntado cómo se constituye la relación mente-mundo. En un Universo en lo que todo lo que conocemos es material, ¿cómo es posible explicar el surgimiento de la conciencia? ¿dónde existen los contenidos mentales, cuya naturaleza es inmaterial? ¿cómo es posible que se produzca el salto por el cual pasamos de hablar conexiones sinápticas cerebrales a un universo puramente conceptual?
Pensemos durante un momento: ¿qué es primero, la cosa o la idea de la cosa? Nuestro sentido común parece inducirnos a pensar que el objeto existe, nosotros accedemos a él mediante la experiencia sensible y construimos el concepto o la idea del mismo. Sin embargo, ¿qué ocurre con los objetos diseñados y construidos por el ser humano? Una silla no es una silla hasta que un carpintero la diseña. En este caso la idea de silla precede a la existencia del objeto ‘silla’. Del mismo modo, el David de Miguel Ángel preexiste como idea en la mente del artista antes de convertirse en una obra de arte real.
El problema está servido y nos va a conducir a lo largo de este tema, a varias teorías y autores diferentes diferentes: la de Platón y su mundo inteligible (S. IV a.C), la teoría del conocimiento y el empirismo de Locke (S. XVII) y algunas de las perspectivas más actuales en el terreno de la filosofía de la mente.
La teoría de las ideas de Platón.
Desde la ventaja que nos aporta la distancia histórica, la teoría de las ideas de Platón nos puede parecer un tanto estrambótica, pero su originalidad marca un antes y un después en la Historia de la Filosofía.
Platón vive en un momento histórico complejo, en un periodo de inestabilidad y guerra en Atenas tras el esplendor del Siglo de Pericles (S. V a.C), durante el cuál se desarrollaron al máximo la democracia, la cultura, el arte y la literatura. La filosofía de Platón se enfrenta a las tesis de los sofistas, maestros de retórica que habían llegado a Atenas para dotar de herramientas a aquel que quisiera hablar en el ágora, participar en lo político.
Los sofistas no pueden considerarse una escuela filosófica homogénea, pues cada uno de ellos tenía sus propias tesis, pero tienen una serie de puntos en común que aquí nos interesa resaltar:
- Una postura relativista en lo que se refiere a las normas morales y a las leyes. Los sofistas habían viajado por distintas poblaciones y descubrieron que lo que para un pueblo podía resultar ofensivo, en otro era una muestra de afecto. Establecieron una clara diferencia entre lo que son las normas del mundo de la physis (las leyes de la naturaleza) y las convenciones sociales. Todo lo que ocurre dentro de las murallas de la Polis es relativo, pertenece al nomos. Fue Protágoras en este sentido quien afirmó: ‘El ser humano es la medida de todas las cosas.’ Un naufragio en este sentido puede parecer por norma general algo negativo, pero es positivo para el hacedor de barcos.
- Una posición escéptica en lo que se refiere al conocimiento. Para muchos sofistas la verdad, si existiese, no puede ser alcanzada desde nuestra perspectiva del mundo. Gorgias, en un ejercicio de retórica inigualable afirmó: ‘Nada existe. Si algo existiese, no podría ser pensado. Si pudiésemos pensarlo, no podríamos comunicarlo.’ Sócrates, el maestro de Platón, criticará duramente este tipo de posiciones epistemológicas. Desde su posición, el problema de los sofistas es que hablan de la ‘justicia’ sin conocer lo que es realmente. Para él y para Platón el objeto de la filosofía debe ser encontrar el verdadero conocimiento (episteme), dejando a un lado el terreno de la opinión (doxa).
¿Cómo encontrar la verdad del conocimiento en un mundo que está continuamente sometido al cambio, en el que nada permanece, en el que hay generación y muerte? Para Platón el conocimiento es conocimiento de lo que permanece, de lo que no cambia y no podemos encontrar algo así en nuestro mundo sensible. Nuestros sentidos, que nos engañan continuamente, tampoco nos ofrecerán verdadera episteme. Conoceremos a través del alma.
El alma es para Platón el principio motriz que nos mueve, el sentido de nuestra existencia, el origen de nuestra conciencia. Ahora bien, ¿dónde se encuentra? No en nuestro mundo material, eso está claro; pertenece por lo tanto, a un universo distinto: al de lo inteligible.
Platón divide la realidad existente en dos mundos: el universo de lo sensible y el mundo de lo inteligible, donde residen las ideas y al cual podemos acceder a través del alma, que es de la misma naturaleza. En el mundo de las cosas materiales, que es cambiante, imperfecto y corruptible no podemos hallar el conocimiento. Nuestro alma, sin embargo, tiene acceso a un mundo de entes perfectos, estables e inalterables: el mundo de las ideas que actúa como modelo de la realidad.
Es importante señalar que las ‘ideas’ del mundo platónico no existen en nuestra mente sino que son una realidad objetiva a la que podemos tener acceso. Todo objeto que podemos observar en nuestro universo material tiene su correlato en el mundo inteligible. Existe por lo tanto una relación de imitación y participación. La realidad imita al modelo ideal y existe algo en la cosa que participa de la idea, que nos permite identificarla con la misma. Existe también una jerarquía de las ideas: por encima de todas está la idea de bien.
La filosofía platónica puede parecernos extraña pero supone el punto de partida para la filosofía occidental. Encontramos en ella dos ideas fundamentales que van a ser el eje del pensamiento europeo durante varios siglos:
- La idea de que la verdad puede ser alcanzada a través de un proceso de búsqueda del conocimiento.
- El hecho de que poseemos una capacidad racional que nos permite extraer lo conceptual de la realidad material.
El idealismo de Locke.
En lo que se refiere a la teoría del conocimiento, podemos dividir a la filosofía a lo largo de la Edad Moderna (S. XV a S. XVIII) en dos corrientes fundamentales:
- Racionalismo: sus mayores exponentes fueron Descartes, Leibniz y Spinoza. Defendían la primacía de la razón frente a los sentidos a la hora de alcanzar un conocimiento verdadero. Su punto de partida era la existencia de estructuras trascendentales a priori o ideas innatas (previas a la experiencia del mundo) que ponen en marcha el funcionamiento de nuestras capacidades racionales.
- Empirismo: sus mayores exponentes fueron Locke y Hume. Criticaron duramente la existencia de ideas innatas. El punto de partida del conocimiento es la experiencia sensible y no hay nada más allá de la misma. Las ciencias naturales (como por ejemplo la física), se constituyen a partir de un proceso inductivo, frente a la deducción propia de las ciencias exactas (como las matemáticas). Esto implica que no se puedan tener certeza de acontecimientos que puedan suceder en el futuro.
John Locke (1632-1704), además de ser uno de los referentes clásicos del liberalismo político, desarrolló interesantes tesis en lo que se refiere a cómo se establece la relación entre nuestros contenidos mentales y el mundo físico. Al igual que Descartes, Locke define como idea cualquier contenido mental, pero criticará duramente la existencia de ideas innatas.
Nuestra principal fuente de ideas es la sensación, que transmiten a la mente distintas percepciones. Así, el conocimiento no versará sobre los objetos, sino siempre sobre las ideas (contenidos mentales) que tenemos de los mismos. Esto plantea un problema epistemológico, pues ya no podemos analizar el acuerdo o desacuerdo entre las ideas y las cosas, sino que el conocimiento consistirá en comparar contenidos mentales entre sí. Locke establece que podemos contrastar ideas a través de cuatro modos:
- La identidad: cuando de un modo inmediato estamos seguros de que una cosa no es igual a otra cosa. Cuando sabemos que “blanco” no es lo mismo que “rojo”.
- La relación que podemos establecer o no de un modo inmediato o derivado entre dos sucesos o ideas.
- La coexistencia de una idea con otra. Cuando podemos, por ejemplo, determinar que una idea es una propiedad inherente a otra, constituyendo una idea más compleja.
- La realidad a la que la idea hace referencia. Este último punto que introduce Locke es polémico, pues abre la puerta al entendimiento a ir más allá de los contenidos mentales que suministra la experiencia, lo cual es contradictorio con sus propias tesis.
También diferenciará Locke entre el conocimiento intuitivo, que percibimos de un modo inmediato, el conocimiento demostrativo y el conocimiento sensible (que es el conocimiento de las existencias individuales).
La teoría de Locke, junto con el empirismo más radical que va a desarrollar Hume van a enfatizar el problema más fundamental de la teoría del conocimiento: la idea subyacente de que no podemos salir de nuestras representaciones del mundo para ver cómo este en verdad es. La crítica kantiana que ya hemos analizado, renunciará definitivamente a traspasar esa frontera, afirmando que la realidad que conocemos es esencialmente fenoménica, sin poder acceder a lo nouménico. No podemos, por lo tanto, alcanzar conocimiento alguno de cómo se constituye la relación secreta entre mente y mundo.
Perspectivas actuales de la filosofía de la mente.
Para finalizar este tema vamos a acercarnos a algunas de las reflexiones que giran en torno a cómo se constituye la relación entre mente y cerebro en el campo de la filosofía de la mente del S.XX. El problema que plantea la filosofía de Locke, sigue presente hasta la síntesis kantiana. No parece que podamos salir de nuestras representaciones mentales para ver cómo en realidad es el mundo. Ahora bien, con el desarrollo de la neurobiología como ciencia, surge la pregunta: ¿cómo explicar el paso de conexiones cerebrales objetivas al surgimiento del universo subjetivo de la conciencia?
Encontramos tres corrientes que sobresalen sobre el resto al respecto:
- El dualismo, cuya herencia en la filosofía tradicional es muy fuerte y que defiende el abismo existente entre la realidad física observable y la subjetividad del mundo interior. Mente y cerebro son esencialmente distintos y por lo tanto si se les estudia debe ser desde esferas absolutamente diferenciadas. La psicología y la neurobiología son disciplinas por lo tanto independientes.
- El materialismo eliminativo, que defiende que todos los procesos mentales son reducibles a los sucesos físico-químicos que suceden a nivel cerebral. De este modo, la ciencia debe dedicarse a lo puramente biológico, pues es la fuente de todo el universo subjetivo, que se articula como una especie de ‘ilusión’.
- El emergentismo, que defiende que el universo de la conciencia es la condición de posibilidad de todo nuestro universo fenoménico y que el cerebro es la condición de posibilidad de la conciencia. Explicar cómo se produce el salto, cómo la conciencia ‘emerge’ del cerebro; es la labor que debe emprender la filosofía de la mente.
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